martes, 28 de abril de 2009

Parte III

Lujuria.
La lujuria, por otro lado, sólo se ha convertido en un medio mundano – disculpando la religiosidad del término – que sirve de distracción a nuestros seres para olvidarnos de lo verdaderamente importante, nuestra pobreza de espíritu, de conciencia, de racionalidad, de imaginación y de sobrevivencia.
Hoy en día, se educa al pequeño para que gane dinero. Pues de tal forma, tendrá todos los satisfactores que el hombre necesita, comida, vestido y sexo. Así, les damos un carácter de objeto a las mujeres, diciéndoles a nuestros pequeños que, en la medida en que sean poderosos económicamente tendrán los satisfactores de placer que ellos deseen[1].
Mientras que un amor genuino y desinteresado puede representar el más alto nivel de desarrollo y sentimiento de comunidad con otros individuos dentro de una relación humana, la lujuria puede ser descrita como el deseo excesivo por el placer genital. Entonces, la otra persona puede ser vista como un “medio para llegar a un fin” para la satisfacción de los deseos del sujeto, convirtiéndose en sólo un objeto en el proceso.
De tal forma, el deseo ya no es sólo hacia la mujer, el deseo se ha transformado y se ha transfigurado. Ahora, la lujuria la encontramos en cualquier ser humano. En relaciones que han cambiado de manera extremadamente marcada en la contemporaneidad.
Ahora, la lujuria es sobre los hombres, sobre los niños, sobre los animales. Los deseos sexuales han devenido en cambios sustancialmente distintos, que antes, sólo podían ser resueltos en la clandestinidad, pero que hoy, gracias a la amplitud de derechos con los que cuenta el ser humano han sido posibles.
Esto es extremadamente triste, pues, mientras hoy soy libre para amar a alguien de mi mismo sexo, no soy libre para designar el régimen político que habrá de gobernar mi entorno. Mientras hoy soy libre de contratar prostitutas en los aparadores, no soy libre para decidir sobre los medios de producción. Ésta, es precisamente la paradoja que nos arroja la lujuria contemporánea en una cultura decadente.
Con todo esto, no pretendo discrepar de los logros que han obtenido las personas homosexuales y lésbicas, sólo pretendo enumerar las contradicciones de las que somos objeto en la cultura capitalista, imperialista y consumista posmoderna.

Avaricia.
La avaricia es vista como un pecado de exceso, en el entendido de que se sobreponen los valores materiales a los valores de Dios. Aquí encontramos otro indicio de triunfo del capitalismo y de la decadencia de la humanidad.
Constantemente, deseamos tener más y caemos en la falta de virtud del ser humano, pues, al desear más, nos convertimos en sujetos que dejan de pensar, para ser sujetos que comienzan a actuar. Pero a actuar de manera equivocada y a caer en la esclavitud del capitalismo, así lo dice el autor de, Después de la modernidad:
Los dominados se sienten atraídos por el mundo de los dominadores, así como los trabajadores de los países pobres emigran a los países ricos que pueden procurarles empleos e ingresos superiores. Aunque deban aceptar la idea de convertirse en seres desarraigados, explotados y rechazados de la sociedad en la que ingresan[2].
Al sentirse atraídos por medios de producción, que lo único que hacen es extirparles su fuerza de trabajo para el bien de las oligarquías controladoras de las empresas internacionales, los empleados se ven en la necesidad de trabajar cada vez más, conseguir un segundo empleo y luchar por alcanzar los medios de subsistencia que les sean medianamente sustentadores de los recursos necesarios para vivir y, por lo tanto, se olvidan de su principal objetivo, el cual era convertirse en uno de los dominadores, pues tratan de entrar a una cultura que jamás los aceptará ni los verá como seres capaces ni pensantes y, en cierto modo, así lo son.

Soberbia.
El pecado de la soberbia es el más grande y de una trascendencia importantísima, pues es el pecado que hace caer a Lucifer en el abismo, al desear ser como Dios, dentro de la historia del catolicismo.
Crea en los hombres un deseo de dominación sobre otros, de superioridad y de omnipotencia sobre las cosas. En el contexto moderno de la sociedad, la individualidad se ha perdido y ha dado paso al individualismo, entendiéndolo como el vicio de la individualidad. Así, encontramos en el los más grandes vicios del hombre: la dominación, la destrucción y el ánimo de revancha sobre todos los demás hombres.
La soberbia le da al individuo posmoderno, la capacidad de superarse, particularmente para superar a otros y dominarlos, no para mejorar la situación de la sociedad, sólo para superarse personalmente y alcanzar todos los satisfactores que otorga a los “triunfadores” nuestra sociedad capitalista.
En nuestro contexto latinoamericano contemporáneo, aún más concretamente en el mexicano, “el que no tranza no avanza”. Partiendo de esta premisa, el objetivo de todo ser individual es lograr su beneficio y su propia satisfacción, sin importar a quien se tenga que superar o “matar”, en cualquier contexto que quiera ser usada esta palabra. Ahora, ya sólo es importante el individuo, cosa que repudia el socialismo[3].

[1] Joan M. Colom. op. cit. Pág. 140.
[2] Alain Touraine, op. cit., pág. 297.
[3] Antoni J. Colom, op. cit., pág. 44.

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